REGIONALISMOS
DE NAUTLA, VER.
Jorge Lorenzo Rojas Miguel
Nuestra forma de hablar
es la cruz de la parroquia que no podemos negar… siempre nos delata, es el sustituto
intangible de nuestro carnet de ciudadanía.
Dentro de nuestro
municipio, podemos identificar de qué localidad viene el compañero de asiento
en el autobús o de que pueblo es la persona
que está atrás de nosotros en la
fila de la tienda con sólo escuchar las frases e inflexiones de su habla. La
distancia que separa a una comunidad de otra es suficiente para marcar la
diferencia.
El lenguaje de nuestros
pueblos y sus términos característicos son producto de la aculturación y la
derivación de onomatopeyas que surgen de lo que se percibe, que emergen del
interior y se bautiza al instante. Algunos llevan en su estructura notas de
negritud principalmente. Así es al menos en Nautla, Veracruz,
México.
Nuestros regionalismos
son la bendición y el itacate que nuestro terruño nos acomoda como madre
amorosa para nuestro viaje. Son vocablos que empiezan siendo masticados,
saboreados, deglutidos y repetidos según el poder digestivo de
nuestros aparatos auditivo y fonador. Las palabras, como si fueran de chicle;
se mascan, se estiran o se encogen y tienen la cualidad de volverse pegajosas.
Sin embargo, en los procesos educativos y de socialización, las modas y
extranjerismos borran de un plumazo y sustituyen estos términos.
Ahora, lejos de
expresarse con orgullo, son objeto de censura, y hasta de correcciones
desconsideradas de chicos a mayores... "no se dice endenantes, se dice
hace un momento", "no se dice gratis, se dice free". Son
también, motivo de sonrojo si se le escapan de la boca al calor de la emoción
al joven foráneo cuando interactúa con
un nuevo grupo de amigos que descalifica
lo que suena diferente, rupestre, o fuera de moda, avergüenzan a la esposa que
quiere seguir el juego a sus amigas cuando se le cae la máscara que todas se ponen en el teatro del café donde asumen que
su marido no es un hombre ordinario. Todo esto, auspiciado por los
profesores que con esmero y buenas intenciones intentan preparar al estudiante
para la vida productiva en aras de un enfoque comunicativo y funcional. Bien
dice José Alfredo Jiménez que "las distancias apartan las
ciudades, las ciudades destruyen las costumbres"
El derecho de hacer
presente nuestra oralidad se ve limitado por plantillas de textos funcionales,
solicitudes empacadas en formatos rellenables y nuestra creación literaria por
machotes reciclables que cumplen la estricta función de decir y cada vez menos
de hablar. Tiene razón García Márquez, “en la escuela y la universidad se
comienzan a tergiversar y devaluar esos signos de la cultura popular”
La
tecnología con sus autocorrectores semeja los vendajes en los pies
que le ponen a las niñas orientales para que luzcan bellas. No nos deja espacio
para expresarnos con esas sugerencias faramalleras, parece como si nos fajaran
cuando estamos acostumbrados a andar descuacharrangaos.
¿Donde queda nuestro
estilo e identidad? Nuestro lenguaje no debe ser sometido a la horma de la
lengua, ni ser rehén de la RAE, es un reforzador del tejido social, la pijama
del domingo que cómodamente viste nuestra oralidad, nos hace sentir en familia.
Para que la lengua viva
debe gozar de la libertad de su evolución y transformación, ser sazonada con
las expresiones populares en el momento propicio, sin perder a vez la
objetividad del uso formal en su momento pues es este el que iguala, equilibra
y homologa para evitar los malos entendidos cuando no sabemos a
quien nos dirigidos.