A finales del siglo XIX y principios del XX los fenómenos naturales como ciclones, heladas y sequías con consecuencias catastróficas fueron apenas el inicio de la cadena de desgracias que sufrirían las familias de esta región y que como dice la sabiduría popular, nunca llegan solas.
El año de 1862 fue terrible para Jicaltepec. En el mes de mayo, el vómito negro o fiebre amarilla se hizo presente en esta comunidad. Para el mes de agosto, más de la mitad de la población había desaparecido; incluso el mismo vicecónsul, Camille Castagné, fue contagiado por esta enfermedad. Se tenía la esperanza de que el viento del norte que pronto soplaría, terminara con la epidemia.
Tres décadas más tarde, en 1892, esta tierra sufrió los embates de nuevas enfermedades; casi todo mundo enfermó de fiebres perniciosas o de influenza. En una carta con fecha del 29 de noviembre de 1892, Jean Baptiste Desoche relata que desde el mes de julio hasta ese día, se había enterrado a una persona casi a diario, la gran mayoría mexicanos, como consecuencia, según su observación, del escaso cuidado de éstos en la conservación de su salud.
Todos estos sucesos acrecentaron el temor de las familias, pues corría el rumor de que en 1900 acabaría el mundo. En esas fechas, durante el período más intenso de la epidemia, se cavaban nuevas tumbas cada día para las víctimas, las cuales eran transportadas en una carreta tirada por un caballo, que en ocasiones llevaba en un sólo viaje hasta cuatro ataúdes.
Escucha esta nota que fue transmitida en el espacio "Un minuto en la crónica veracruzana" por Radio Televisión de Veracruz, da click en el siguiente enlace: https://soundcloud.com/estudio-nauhtlan/radiomas_200501_cronica_nautla?in=estudio-nauhtlan/sets/cronicasdenautla
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